lunes, 7 de febrero de 2011

La verdadera historia (:

Hoy lo he visto, quizá después de todo, este vaya a ser mi día revelación. Aunque también es posible que me haya vuelto definitivamente loca, supongo que nadie apreciará la diferencia.
El caso es que cerré los ojos un rato intentando volverme invisible, como cada día,  y lo primero que vino a mi mente  fue el gato rosa de Alicia en el País de las Maravillas, y no sé, creo que ahora todo tiene más sentido.
Nunca había entendido por qué tenía yo que llamarme como esa niñita rubia de vestido y ojos azules que un buen día se cayó dentro de una madriguera, ni por qué mis compañeros-troll tenían que recordármelo. Si lo más profundo que yo había caído había sido por las escaleras del sótano...
Empecé a darle vueltas y hallé en mi cabeza la auténtica historia, la que jamás se ha contado porque no tiene nada de mágico.
Siento decepcionaros pero Alicia no es una niña inocente y llorica, y tampoco ha estado dispuesta a hacer caso a ese estúpido conejo que solo sabe recordarnos que la vida se escapa y pretende que nos afanemos en estar en el lugar y el momento adecuados.
No, para nada, si tiene que perseguir algo ese algo serán sus sueños.
Pues esto, como decía, Alicia es una pequeña rebelde tan llena de curiosidad como de vida, una niña extremadamente torpe que no sabe que todos los golpes que recibe ahora la condicionarán mañana.
Ella tampoco toma té, y antes de luchar contra la maldad (en vuestra versión la llaman “Reina de Corazones”)  se aseguró de recorrer Wonderland pasando quizá demasiado tiempo con aquel gusano fumador de opio.
Para los que se interesen por lo que fue de Alice, se enamoró del misterio del que era, al fin y al cabo su gato y se quedaron allí, en el país de los sueños. Sin necesidad de cohetes ni perdices.


Tú tampoco sabes mi nombre...
 





;)

- Antipática.

- Baaaah, solo era una borma :D

- ¿BORMA? ¡Borma! sisisi...

- ¿Qué más da borma o broma si solo me estoy riendo de ti?

¿Dónde habéis dejado la esencia?

Sí, estoy aquí, delante de mi ordenador intentando escribir algo, un capítulo dos o un desenlace feliz, no sé, algo.
Y sí, también tengo bastantes ideas que podría desarrollar con facilidad y surgirían textos de eso que levantan comentarios positivos, quizá, por qué no.
Pero no, hoy no, bueno, ni ayer y tampoco el otro.
Y veréis, lo que pasa es que estoy desmotivada o enfadada, que sabré yo a estas alturas.
Yo hice este blog para que la gente leyese mis textos y los ayudasen, o los inspirasen o simplemente sofocaran algo el aburrimiento, ¿lo de los seguidores? Bah, que más dará.
Si dejo por ahí mi link es para eso, nada más. Realmente no es ese el espíritu que encuentro en la mayoría de los blogs por los que me paso. ¿De qué va eso de sígueme y te sigo, comenta y comento?
Lo siento, de veras, pero me da la sensación de que muchos se han pasado por aquí solo para dejar sus links en un comentario, sin siquiera pararse a leer estas letras pesadas y cursis que suelo escribir.
Y sí, por su puesto que veo los vuestros, pero no, no voy a seguirte si tienes un blog vacío, y si por tener criterio nadie va a ver lo que escribo, en serio, no me importa.
Así que si no te gusta lo que lees, no me sigas, no comentes, porque verás, se nota cuando mentis.
Y como no me gusta generalizar, deciros que el mayor de los placeres de tener este blog es darme una vuelta por esos a los que sigo y disfrutar de las sensaciones que me provocáis con vuestros textos, gracias por tener alma, corazón, talento o como lo queráis llamar.

jueves, 3 de febrero de 2011

Adiós corazón, adiós.

Me besó a sabiendas de que sería la última vez, y yo, tonto como siempre, quise perderme en su cabello rojizo y que aquel contacto fuese eterno, a sabiendas también de que no iba a serlo.
Sentí como su lengua se deslizaba por mis labios y noté como me desmoronaba poco a poco.
Ella era mi mundo, mi vida, la persona que había hecho que me replantease cada una de las ideas que yo tenía sobre esto a lo que llaman amor. Gracias a ella supe que jamás había amado a nadie, que la clave estaba en por quién se muere y no en por quién se mata.
Pero ahora nada de eso le importaba, ni eso ni la manera en la que sonreíamos al pasar horas tirados en la hierba, los atardeceres en la costa y el primer beso. Sin pararnos a pensar en el entorno, en lo adecuado y lo incorrecto, en lo coherente y lo considerado locura.
Simplemente nosotros, yo y ella cuando terminó ese beso.
Me acarició el pelo y después la mejilla con sus manos frías, intenté engañarme pensando que no quería irse y ella que me conocía más que nadie me susurró cuatro palabras. Para cuando terminó de pronunciar la última, una lágrima se hacía transeúnte de mi mejilla, como si quisiera adelantarse al resto, recordándonos a ambos el sufrimiento que me aguardaba.
Su última frase no mintió; Sabes que te quiero, pero fue tan cierta como dolorosa; pues no había nada en el mundo que me hiciese más daño que el saber que a ella también lo pasaría mal.
Y no necesitaba palabra alguna para saberlo, solo tenía que mirarla a los ojos, esos que jamás había visto llorar, ellos, siempre espejos del alma.
Se apartó un poco de mí con cuidado y enjugó aquella gota antes de que esta tomara la curva de mi cuello.
Entonces percibí el tono de la indecisión en su iris, por segunda vez en quince meses, así que me preparé para una reacción que no se produjo y disfruté de nuestra última mirada. Besó la piel húmeda de mi cara y yo hice un intento de sonreír para hacérselo más fácil.
Desenredó sus manos de mi cintura y se fue.
Me quedé allí, congelado como sus manos, recordando las ocasiones en las que ella me acariciaba con la yema de los dedos y cómo me estremecía cuando tocaba mi cálida piel.
Paseé por mi memoria reviviendo sensaciones que ya no volverían, como cuando se empeñaba en comer helado, aunque hiciesen dos grados bajo cero, y yo me moría de frío sin decir nada, disimulando en ocasiones los temblores para que ella pudiese continuar disfrutando de su momento.
Me di cuenta de que estaba inmóvil en el centro del parque y rodeado de viejecillas que charlaban animadamente sobre lo que yo  llevaba o dejaba de llevar.
Decidí que no tenía ánimo para moverme un solo centímetro, pero tampoco ganas de estallar allí, o lo que quiera que fuese a pasar.
Así que caminé hasta casa sin sentir mi cuerpo.
Me enteré de que estaba lloviendo cuando entré y mi madre comenzó a hablar sin detenerse siquiera para respirar cosas que podía oír pero no escuchar.
Entonces era algo más consciente de mi mismo pero no podía fijar mi atención en otra cosa que en cada paso que daba, se me hacía pesado cada movimiento y mi marcha me parecía cada vez más lenta.
Entré en mi cuarto y cerré la puerta. Me acosté boca arriba en la cama, eso sí, con la inseparable compañía de aquel bolígrafo que tantas alegrías y penas había contado y el nuevo protagonista de mi vida.
Por suerte o por desgracia, mi estilográfico y el señor dolor se fundieron en una especie de simbiosis que se transformó, más o menos, en esto que lees ahora.

domingo, 23 de enero de 2011

Historias de Claudia. Capítulo I; Retales de wonderland.

Recorrió un único tramo de escaleras a toda prisa y después uno, dos, tres, cuatro puertas que conducían a un pasillo diferente con otras puertas.
Aunque aquello se asemejaba bastante a un laberinto, Claudia se movía con soltura entre corredores y estancias y no tardó en llegar a su destino. También es cierto que jugaba con ventaja, su infancia había transcurrido en esas salas y aunque no transitaba por allí demasiado a menudo le había sido imposible olvidar el recorrido que la llevaba directa a aquel cuarto.
Cruzó el umbral y le sobrevino un aire de melancolía. Miró a los lados antes de girar 360º para constatar que todo seguía exactamente igual que la última vez, hacía ya tres años.
La habitación se le antojó sobredecorada, tal vez por la costumbre de la sencillez de todo lo que la rodeaba normalmente, pero sobretodo rosa, muy rosa.
Se percató de que estaba algo oscura y se acercó a la ventana para abrir las cortinas, de un naranja algo desteñido por el tiempo, y se complació al ver aquellas huellas.
Eran dos, las de su dedo índice y el de su mejor amiga, Gloria, ella sí que sabía lo que era amistad. Una sonrisa curvó sus labios cuando recordó el día en que las habían hecho, cuando apenas sabían escribir y rondaban ambas los seis años.
Cogieron del despacho de su madre aquella pintura que utilizaba para los cuadros más importantes, “los que encierran historias de y para siempre” decía continuamente aquella mujer, y empaparon sus dedos en el líquido verde.
A parte de la cortina habían manchado sus vestiditos abombados y el cojín que su abuela, la de Gloria, había tardado medio siglo en tejer…
Detuvo ahí el recuerdo y se dirigió lentamente hacia una de las esquinas de la que había sido su habitación y observó maravillada el motivo por el que estaba allí.
Era un baúl de madera que ya no parecía tan grande pero en el que permanecían completamente inmunes al tiempo aquellas figuras talladas con la mayor precisión que jamás había visto.
Se sentó en el suelo colocándose estratégicamente para obtener la mejor de las visiones de aquella caja de recuerdos.
Pensó entonces que habría sido divertido haber soplado el polvo de la tapa antes de abrir el baúl, pero pese a la enormidad de la casa, la obsesión de su abuela no había dejado siquiera una mota de polvo y había destrozado el que podría haber sido uno de esos momentos cursis que normalmente evitaba.
Destapó el arca y notó cómo emanaba la magia invadiendo su cuerpo, tenía muy claro a lo que había ido, el motivo de su presencia allí después de tanto tiempo. Aquel cuaderno.
Echó una ojeada al revoltijo de cintas de colores que descansaban en una caja y cogió con cuidado aquel librillo de color azul pálido que tan importante había sido, era y sería para ella.
Recordaba a la perfección lo que contenía, o quizá ya no.
Lo apretó contra su pecho y salió de allí sin saber cuánto tiempo pasaría hasta su regreso.

jueves, 13 de enero de 2011

algo no tan nuevo...

Pensé que esto necesitaba aire nuevo, algo menos dulce sin llegar a agresivo.
Quería algo brillante, alegre, un texto que te arrancara una sonrisa al leerlo, y entre mis manos el vivo ejemplo de que querer no siempre es poder.
Pues eso, solo quería añadir un puñado de palabras más, para no estallar supongo.
Pero nunca escribí letras sin mensaje, así que diré que mañana volverá a salir el sol y sonreiré, y conseguiré decir que estoy bien mientras miro a los ojos a cualquiera que se moleste en preguntar. Pero quien me conoce lo sabrá, porque mis labios son expertos dar pinceladas rosas a la verdad, pero mis ojos nunca supieron mentir.

martes, 4 de enero de 2011

odio.

Observé detenidamente a aquella extraña que me devolvía la mirada desde la lámina que colgaba de la pared. Mi mente comenzó a enlazar imágenes y sentimientos de forma vertiginosa y me mareé.
Volví a mi cama pero esta vez me mantuve sentada en el filo, para no perder aquella imagen, la mía, mi reflejo.
Cuando pude centrarme reapareció aquella sensación que hizo que mi corazón latiera de forma desenfrenada y la sangre quemase mis arterias a su paso.
Me levanté de nuevo para colocar mi cuerpo frente al espejo y sentí lo mucho que me odiaba. Me grité que era una estúpida por quererle, por confiar en él, por haber caído en sus brazos como la niña tonta que nunca había querido ser. Dirigí una bomba cargada de desprecio hacia mi misma y me recriminé mil veces haberme entregado a él.
No sé el tiempo que permanecí allí, completamente inmóvil. No articulé palabra alguna, no hacía falta.
Se me entrecerraban los ojos y comenzaron a aflojarse mis piernas. Recuerdo haber caído al suelo tomada por la impotencia, el odio y el dolor.
Fue entonces cuando comprendí que solo necesitaba que sus labios se fundieran con los míos y que volvieran las caricias que habían fingido amor durante tanto tiempo.
Acepté con resignación que sus palabras me llenarían de vida aunque fuesen huecas. Tan solo por el hecho de ser suyas, al igual que el aire ocupa todos los vacíos físicos, porque, ¿acaso contiene algo el aire?
Y ya no pude odiarme… y a él tampoco.