domingo, 18 de marzo de 2012

A mis cinco... a mis quince.

Me acuerdo de cuando era pequeña y lloraba porque me daba un golpe, o me sangraba (por vez infinita) la rodilla izquierda.
Recuerdo que me parecía que no había dolor más intenso que el que tenía, y de como lo sentía eterno e incurable. Entonces aparecía mi madre y me curaba. Me curaba el peor dolor cuando me abrazaba y me decía: tranquila, ya se te pasa, ¡pero si no es nada! Y mira que yo sabía bien que sí lo era, porque sangraba mucho y no me dejaban mirarla.
Y así, poco a poco, mi respiración entrecortada por el llanto se normalizaba. Y después el dolor físico. Desinfectaba la herida con tanto cuidado como podía y soplaba las pompitas que se hacían por el agua oxigenada. Me quejaba y entonces mi padre me quitaba el pelo de la cara y me decía: tranquila, que ahora se te pasa, ya está terminando, no es nada. Me secaba las lágrimas y en el pañuelo arrastraba más tierra que agua, cosas de la infancia.
Después la tapaban y me acostaban con la pierna estirada. Pero me dolía y volvía a llorar, así que se tumbaban conmigo y me hacían cosquillas mientras me decían que no me riese o se me saldrían por ahí las tripas, y así hasta que al final me quedaba dormida.
Después de algunos días me destapaban la herida, y como para ese entonces ya no me acordaba de aquel inmenso dolor, se me olvidaba y me caía. Y volvía a llorar...

Ahora las cosas no son tan distintas. Sigo llorando, como dice Rayden, con menos lágrimas pero con más dolor tras la fachada. Y tampoco he aprendido a recordar el dolor, a gastar cuidado en vez de ir a tropezones por la vida. Mis heridas son distintas, pero no han dejado de doler, al igual que mi madre no ha dejado de intentar sanarlas.
De los churretes de mi cara no queda más que el recuerdo. Ahora el llanto (con suerte) dibuja del negro rímel de mis pestañas mis pómulos, volviendo a  dejarme marcada. Como diciendo "lo habéis conseguido, le habéis hecho daño"
Lo pienso y no se me ocurre mayor diferencia que la cura a mi pena, pues los "tranquila, no es nada, no es nada...ya se te pasa"  han perdido su magia.
Porque hay cosas que, simplemente, no se pasan.

4 comentarios:

Naïve dijo...

Es cierto, las cosas cambian, y las caídas se tornan distintas a lo largo del tiempo. Pero no olvides que, más tarde o más temprano, todas las heridas acaban por cicatrizar.
Me encantó :) un abrazo

Roberto Filgueira y Candela Barro dijo...

Espero que lo que te haya echo daño dure poco. O al menos lo suficiente como aprender algo de ello.
Un beso.

Roberto Filgueira y Candela Barro dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Sergio dijo...

¿Qué tal te va todo, pequeña hormiga?